martes, 29 de diciembre de 2009

ASTRA ( Y NO ES UN COCHE)


Si no fuera por Astro City, Kurt Busiek no sería un autor al que prestar más atención que a Fabian Nicieza o Geoff Johns, es decir, uno de esos agradables artesanos cuyo trabajo siempre resulta respetuoso con la continuidad y a menudo esclavo de ella. ¿De verdad es necesario sacar del olvido a un villano cuya primera y única aparición tuvo lugar en una serie que no estaba pasando por un gran momento creativo? ¿Lo necesita el personaje, el lector o la editorial?. Evidentemente, todo depende de lo que se vaya a hacer con él, pero en principio no parece ni tan si quiera adecuado ( y mucho menos necesario).
Busiek saltó a la fama gracias a la entretenida miniserie prestige Marvels, junto a Alex Ross. Su éxito tuvo mucho que ver con el arte pictórico de Ross, puesto que mientras que a este último le ha seguido acompañando un éxito arrollador, la estrella de Busiek ha sido cuando menos intermitente. De hecho, proyectos como Astro City o Arrowsmith son los que le avalan como escritor más allá de trabajos que él mismo ha calificado como inferiores.
Astro City era algo así como un What if en el que introducía sus versiones de diferentes superhéroes y los colocaba en situaciones que sin traicionar la esencia del mismo, no podían darse en la serie original. Las historias debían conjugar el respeto al personaje homenajeado con una idea que fuera imposible de llevar a cabo en su serie regular. Es mucho más fácil hacer un chiste de humor grueso y facilón sobre las relaciones sexuales de Superman o la homosexualidad de Batman y Robin que tratar de enfrentarse a ellos con historias diferentes que los alteren desde el respeto.
Astro City era y es un producto hecho por y para los fans, un concurso de guiños más o menos elaborado a partir del cual desarrollar una historia nueva y original. Y funcionó a las mil maravillas.
De hecho Norma acaba de reeditar el primer tomo y su lectura es igual de fresca que cuando se editó hace más de una década, señal inequívoca que la memoria y la nostalgia no nos ha jugado una mala pasada.
Pero estoy desbarrando un poco (But I drigress que diría el orondo de Peter David). Yo quería hablar (por aquello estar pegado a la actualidad) de la miniserie de dos números que ha terminado este mes: ASTRA.
Astra es un personaje ya conocido por los lectores de la serie pero aun así, pondré al día a los más despistados.
The First Family (FF, una pista) son los Cuatro Fantásticos de Astro City. Astra es, digamos, una especie de Franklin Richards que hubiera seguido creciendo hasta graduarse en el instituto. Ella tiene unos poderes algo más concretos, similares a los de la Antorcha Humana y un aspecto similar al de la Cristal de los Inhumanos.
La historia narra cómo Astra lleva a su novio a conocer a sus padres tras la graduación y cómo le muestra el equivalente a Attilan (la ciudad de los Inhumanos), que está situada en algo así como la Zona Negativa.
Bonito homenaje a las creaciones de Kirby que es usado para hacer una inteligente reflexión a cerca de un elemento siempre presente en el título pero nunca correctamente usado desde un punto de vista dramático: la perdida de privacidad que implica ser un icono superheroico sin identidad secreta.
Busiek mueve los hilos con elegancia, engañándonos lo suficiente como para poder apreciar el dolor que la protagonista sentirá pero sin regodearse en el mismo ni resultar catequizante en sus conclusiones.
Anderson por su parte cumple como puede. Narra con corrección pero su acabado resulta un poco tosco. Si en sus inicios era un discípulo aventajado de Neal Adams, ahora es un autor mucho más interesante pero a sus 55 años da la sensación de haber perdido cierta capacidad para acabar correctamente sus dibujos e insiste en entintarse. No es el único (me viene a la memoria el caso de Byrne) pero incomoda tratar el tema porque no es algo de lo que pueda culparse a nadie.
Astra es un tebeo que siendo eminentemente superheroico, está orientado hacia la historia en vez de hacia el personaje y eso hace que tengamos historias interesantes y con contenido.
No es la continuidad lo que destruye los personajes sino el avaricioso afán por hacerles vivir una y otra vez la misma historia, retenidos en un bucle que les impide crecer y evolucionar porque eso los acabaría matando como lucrativos iconos que son.